Charlotte llegó a la fiesta de pijamas S.P.A., intoxicada por la idea de que se la incluyera. Empezó a llamar al timbre, pero después procedió a atravesar la puerta. Allí en el salón se topó con Scarlet, indolentemente tirada en el sillón, con gafas oscuras y aspecto derrotado y deprimido. —Vaya, mira a quién tenemos aquí, nada menos que al espíritu del instituto —dijo, sin apenas levantar la cabeza. —Bonitas gafas —dijo Charlotte. —Por lo que se ve soy la única con resaca pos posesión —dijo Scarlet, —. ¿¿¿La cuadrilla de animadoras??? —Damen no me asía caso y pese que era buena idea —argumentó — ¡no sabía que lo conseguiríamos! Pero va a ser más fácil ahora que seas animadora. Ya verás —dijo Charlotte. —No, no voy a ver nada. Búscate a otro —dijo Scarlet. —¿Y eso qué quiere decir? —pregunto Charlotte. —Quiere decir que se acabó. No más «Scarlet a la Carta» —dijo Scarlet. —¿No eras tú la que se quejaba de ser la eterna dama de honor? —
—. Venga, ¿Qué no es divertido ser invisible y a ser lo que quieras? Scarlet guardó silencio, porque la avía pasado bien —Venga ya, admítelo, es alucinante … —dijo Charlotte pinchándola—. Fight the power! —Oye, ¿y si rizamos el rizo, ya sabes, para hacértelo aún más emocionante? —dijo Charlotte, recuperando la iniciativa. —Sí, ya, ¿y qué sugieres?—Huy, pues no sé… ¿Qué me dicessi cambiamos de casas ? —la provocó Charlotte. —¿En la Residencia Muerta? —preguntó Scarlet, con la voz emocionada
* * * *
En Hawthorne Manor, Prue se dirigió a la Asamblea Muerta, congregada para la reunión de «intimidación».
—Muy bien, entonces, ¿cómo exactamente vamos a hacer creer a los compradores potenciales que la casa es inhabitable? —ladró Prue —. Jerry, tú ocúpale de la fontanería.
—Sí, haz que la casa huela como los pies de Britney Spears —añadió Coco. Deadhead Jerry hizo la señal de la paz, indicando que podían contar con él.
—Bud. Ocúpate de que la estructura de la casa sea inestable —espetó Prue.
—¡Ya sabes, inestable como Paula Abdul, ni un pelo menos! —chilló CoCo divirtiendo a todos.
—¿Dónde está nuestra estudiante alemana de intercambio? —preguntó Prue.
Una niñita en descomposición levantó la mano , mientras unas larvas le brotaban de su cara.
—Rotting Rita. Tú a la brigada de infestación —anunció Prue.
—¡Sí, eso, queremos gusanos pululando!—exclamó CoCo.
Prue abrió las puertas y todos salieron en tropel. Se percató de que Charlotte no estaba.
—¿Dónde está Usher? —preguntó. Piccolo Pam se echó a temblar
Prue vio que Pam estaba nerviosa
* * * *
Entre tanto, las Wendys llegaban a casa de Petula para la fiesta. En la planta de arriba, la insistencia de Charlotte daba sus frutos y Scarlet accedía a ser poseída una vez más.
—Hay una chica, se llama Prue… —empezó Charlotte. —Prue —repitió Scarlet.
—Sí, pues bueno, tú asegúrate de no cruzarte en su camino, ¿de acuerdo? —recalcó Charlotte.
—Que sí, no me cruzaré en su camino. —dijo Scarlet
—Ya, y tú no te asustes de lo que puedas ver esta noche —dijo Scarlet a la vez que salía. Ambas estaban emocionadas.
Charlotte oyó el timbre y abajo ya que Petula no tener ninguna prisa en abrir. cuando abrió la puerta y hizo pasar a las Wendys
—Que empiece la fiesta —exclamó Scarlet a la vez que le daba al Play del mando del CD.
Con la música sonando a tope Petula bajó las escaleras
* * * *
En la otra punta de la ciudad, el timbre de otra puertasonaba. La señorita Wacksel, una extraña, a la que le había sido asignada la venta de Hawthorne Manor, se encontraba en el porche estaba a punto de enseñar la casa a los Martin, una pareja joven . Hacía viento y mucho frío, y a cada minuto que pasaba, más de-sagradable se volvía. Wacksel sospechaba que la casa podía no estar deshabitada pero intentó poner buena cara.
. Piccolo Pam se había encaramado a las ramas de un árbol y trataba de dar con alguna señal de Charlotte. Las melancólicas notas de su garganta se mezclaron con el del viento, proporcionando a la señorita Wacksel una lastimera música de fondo.
—¿Y por qué llama al timbre si aquí no vive nadie? —preguntó el marido.
—Tiene toda la razón—dijo la señorita —. No hace falta llamar, tengo llave. «Aquí no vive nadie», se repetía una y otra vez, luchando con la cerradura y la llave.. Pero se trataba de una mujer obstinada, y pensar en la comisión que obtendría no dejaba de luchar.
—Esta casa tiene tanta… personalidad —dijo cuando conseguía por fin introducir la llave en la cerradura y hacerla girar. Wacksel abría la pesada puerta de castaño e invitaba a la pareja a entrar. Una ráfaga de aire gélido los envolvió, prácticamente cortándoles la respiración.
—Qué curioso, hace más frío aquí dentro que fuera —observó la señora Martin.
—Es que no dejamos la caldera encendida hasta el otoño —informó Wacksel mirando a su alrededor en busca de una ventana o otra fuente natural del frío—. De todas formas, en estas casas viejas siempre hay corriente. Es parte de su encanto, querida.
El trío atravesó el vestíbulo, y al hacerlo empezaron a resbalar y a patinar sin control.
—Vaya, ya no fabrican ceras como las de antes —dijo Wacksel tratando de recuperar el equilibrio y el de los otros—.
Tan pronto pudireo0 recuperar el equilibrio, continuaron por el salón, donde admiraron los detalles, tonalidad y artesanía de las molduras, el pasamanos .
—Ya no se construyen casas así —dijo el señor Martin.—Desde luego que no —Wacksel asintió con la cabeza, mientras deshacía con el pie pequeños montoncitos de serrín de Suzy, la scratcher.
Justo en ese momento, al señor Martin le pareció advertir que se desplazaba un mueble. El no estaba seguro de si eran sus ojos los que se equivocaba o si es que la silla en efecto se había movido. Los tres se percataron de que la habitación se hacía cada vez… más pequeña. Bud, había desplazado una de las vigas maestras, haciendo que la casa se inclinara levemente. pero la señorita Wacksel le restó importancia, tomándoselo a broma. Y así los fantasmas siguieron con suplan can algo de éxito
* * * *
En casa de Petula, Charlotte disfrutaba de la sesión de manicura y pedicura entre las demás chicas. Todas llevaban ca-misoncitos rosas, todos idénticos al de Petula, salvo Charlotte, que vestía la combinación de Scarlet. El gran tema de era «Citas para el Baile de Otoño». Petula, encajada entre las Wendys, se volvió hacia Wendy Anderson, que estaba a su derecha.
—No me puedo creer que se esté comportando así —le susurró Petula refiriéndose a Scarlet. Después discutieron de distintos asuntos entre ellos de un beso esperado.
* * *
Era la noche casi perfecta de Charlotte, Scarlet volaba muy alto… hasta llegar a una fabulosa y estructura que se cernía sobre las demás casas. Flotó de ventana en ventana, asomándose a cada una de ellas, hasta que localizó una mochila sin deshacer, una agenda y un portátil tirados sobre una colcha de chenilla.
—Esto tiene que ser suyo—dijo Scarlet.
Entró en el dormitorio de Charlotte. Había visto la casa en muchas ocasiones. Ahora, sin embargo, contemplada desde ese otro estado, le parresia acogedora —Me parece que he muerto y subido al cielo —se dijo, admirando la decoración.
Se fijó en el portátil, en cuya pantalla aparecía el recorte de un vestido de fiesta de con la cabeza de Charlotte pegada encima. Scarlet presionó la barra espaciadora y vio cómo aparecía un chico en sus brazos y ambos empezaban a bailar por la pantalla.
—¡Puaj! —exclamó Scarlet.
De pronto, un ruido proveniente de la planta de abajo llamó su atención. Scarlet optó por ir a su encuentro en lugar de esperar a que éste la encontrara a ella.
* * * *
Entre tanto, en la planta de abajo, la señorita Wacksel entró en el comedor acompañada de los Martin. —¿Qué me dicen de la sensación de espacio que da esta habitación? ¿No es maravillosa? —preguntó. La estancia era espaciosa, pero la pareja estaba más interesada en el techo y la araña de cristal que de éste colgaba. —¿No te parece preciosa esa antigualla? —dijo.
En ese instante, y gracias a Simón y Simone, la gigantesca lámpara empezó a mecerse como un pendulo. Prue se había anclado a la escalinata y tiraba de los gemelos, quienes a su vez estaban agarrados al candelabro.
—Sí, estas arañas atacaban teniendo vida propia —comentó la señorita Wacksel. Los Martin apenas podían moverse, del susto.
—Debe de haber alguna corriente —explicó la señorita Wacksel.
Prue tiró de Simone más fuerte aún, haciendo que la araña se meciera más deprisa. Justo cuando se echaba hacia atrás, Scarlet salió del dormitorio sobresaltando a Prue.
—¿Y quién diablos eres tú? —espetó Prue, soltando a Simón y Simone. Los gemelos perdieron el control de la araña. Ellos, encaramados a la lámpara, se estrellaron contra la pared, abriendo un enorme boquete.
—¡Oh, Dios mío! —gritó la señora Martin. El señor Martin apartó a su mujer de un tirón en el mismo instante en que la última esquirla rasgaba el aire e iba a clavarse justo en el lugar donde la mujer había estado segundos antes, atravesando el suelo.
—¡Podía haberla matado! —exclamó el señor Martin.
—¿Conque no había termitas, eh? —preguntó él con sarcasmo.
—Bueno, eh, estoy convencida de que este, mmm, reciente deterioro se verá reflejado en el precio —dijo. Ante la perspectiva de un importante descuento.
Scarlet, se había escondido detrás del destrozado tabique para evitar tanto a Wacksel y a los Martin como a Prue y a los demás chicos muertos, cuyo plan acababa de desbaratar.
—¿Qué es esto? —preguntó el señor Martin
Scarlet salió disparada del boquete, pero Prue la agarro antes de que pudiera huir.
—¡Ni hablar de comprar esta casa! —anunció el hombre.
Los chicos muertos no podían creer las palabras que acababan de brotar de su boca.
Todos los que estaban muertos se pusieron a gritar y chillar y bailar de alegría por toda la casa, incluso los gemelos, que seguían atrapados en los brazos retorcidos de la araña.
—Pero ¿qué dice? —preguntó la señorita Wacksel totalmente abatida.
—¡Mire! —reclamó —. Parece asbesto —dijo el señor Martin con voz severa—. Esta casa va a tener que ser… —Prue apretó aún más a Scarlet mientras aguardaba a escuchar el veredicto.
—… condenada —reconoció la señorita Wacksel en voz baja.
—¡¡¿Condenada?!! —rugió Prue.
—Mierda —murmuró Scarlet, que no lograba zafarse de sus garras.
Recuperada de la conmoción, Prue se dio cuenta de que la situación era la peor imaginable. Relajó su agarre sobre Scarlet, que se retorció para liberarse del todo y salió disparada hacia su casa como alma que lleva el diablo.
—Si la casa está condenada, también lo estamos nosotros —dijo Prue, apesadumbrada.
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